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20-Sep-06 3:00 PM  CST  

Manual del Ocioso - El Impertinente Del Piano Bar 

En mis correrías por el mundo he tenido la oportunidad de conocer gente de todo tipo. El tipo de persona que viene a mi mente en este momento es el conocidísimo “Impertinente de piano bar.” Todos nos hemos preguntado alguna vez cuál es el móvil de esta categoría de gente sin categoría, sin clase, que gusta de importunar a las mujeres cuando éstas tratan de pasar un momento agradable y feliz en un piano bar, solas o acompañadas.

En este capítulo de su “Manual del Ocioso” describiremos a este personaje no tan legendario. Haremos un análisis detallado de todo aquello que hace que el impertinente de piano bar sea tan pintoresco y detestado como actualmente es. Comenzaremos con la infancia de este individuo imaginario al que llamaremos Ruperto.

La Infancia de Ruperto

La señora bien vestida atraviesa la calle, llevando en sus manos dos bolsas llenas de comestibles y unos cuantos productos de belleza. Ruperto, de 12 años, se le queda mirando. La señora siente una fuerte mirada atravesando las bolsas de comestibles y siente temor. Al llegar al otro lado de la calle, descubre al pequeño Ruperto escondido detrás de un anuncio de lentejas, mirándola afanosamente. La señora bien vestida no sabe si hacerle entender que ella lo ha descubierto o simplemente ignorarlo. El pequeño Ruperto decide entrar en acción y ofrece a la señora cargarle las bolsas. La señora se arrepiente de haber pensado mal del pequeño caballero y le entrega las bolsas confiadamente. Cuando menos se lo espera, el pequeño Ruperto le abre las bolsas y comienza la conversación.

- Así pues, ¿conque comprandito?

La señora se desconcierta pero le contesta:

- Pues sí, comprandito, para no perder la costumbre.

- ¿Y qué es esto que tenemos por aquí? ¡Ah! Mantequilla suave, de la que no tiene calorías. Señora, pero usted no necesita de eso, tiene una figura tan esbelta...

La señora se sonroja y le contesta halagada:

- Ay sí, es que yo me cuido mucho. Voy al gimnasio dos veces por semana y bailo todas las noches hasta el amanecer.

- ¿Que no la conozco yo entonces? Usted tiene un vestido rojo, muy escotado y muy corto, que se lo pone todas las noches cuando va quien sabe a dónde.

La señora se molesta. El niño sabe más de la cuenta.

- Pues no, yo no tengo ningún vestido rojo así como el que tú dices.

- No, claro que no - le contesta el pícaro. - Ya no lo tiene porque lo mandó a teñir y ahora es negro. Pero a ver, ¿qué más tenemos por aquí?

- Niño, deja las bolsas.

- ¡Ajá! ¡Anticonceptivos! Pero, ¿no es usted soltera?

- Eso es abono para las plantas.

- Sí ... por cierto, que el señor Cipriano tiene muchas plantas en su casa. ¿Es usted quien las atiende? Se la ve a usted entrar y salir con mucha frecuencia de casa de don Cipriano.

La señora está que explota.

- Sí, mijo, yo le riego las plantas y le hago la limpieza a su casa.

- ¿Con el vestidito rojo?

- ¡Negro!
- Ah, verdad, perdón.

- ¡No, qué digo, con ropa normal y corriente, como la de cualquier mujer! Y si no te molesta, niño, dame las bolsas. Ya me tengo que ir.

El pequeño Ruperto le entrega las bolsas lentamente sonriendo maliciosamente.

- Vaya, señora, que se le hace tarde para ponerle las pastillitas a las plantas. Me saluda a don Cipriano..

La señora bien vestida no contesta porque está realmente apurada. Rupertito la observa salir en carrera, entrar a su casa, salir ahora vestida de negro y adentrarse en casa de don Cipriano.

La Adolescencia de Ruperto

Ruperto tiene ahora 17 años. Está en la plenitud de su juventud, pero no ha logrado hacerse de ninguna novia. Todas las muchachas de su escuela lo conocen bien y no sólo le temen sino que lo detestan. Sin embargo, una nueva estudiante es el blanco de Ruperto. Ella no lo conoce ni sabe de su fama, así que probablemente logre conquistarla. Se propone firmemente no cometer indiscreciones para remendar su nombre. En el primer receso de la clase de la mañana, Ruperto se acerca a Elda.

- Elda, divina flor: ¡Qué ojos tan bonitos tienes!

Elda se sonroja y se acerca confiada al galán que la piropea. Ruperto se siente dueño de la situación y le lanza un segundo piropo:

- Elda, Elda querida, Elda de mi vida, Elda mía.. ¡Mi Elda!

A los oídos de Elda, la última combinación de palabras ha sonado vulgar. Retrocede un paso, esperando a ver qué más le va a decir aquel joven tan ordinario.

Ruperto se ha dado cuenta de lo que ha dicho y trata de reparar el error.

- Elda, tu cuerpo es lindo como el de una gacela, tu voz es brillante como la de un turpial, es que te miro y siento que ya. ..-

Mientras camina hacia ella, quien ha bajado la cara modestamente y no lo está viendo, Ruperto mete el pie en un charco de agua y grita:

-¡Me mojé!

Esto ha sido demasiado para Elda. Lo abofetea y se larga. Esto es lo que llevará a Ruperto a ser un impertinente de piano bar. El trauma causado por el desprecio de Elda cuando él trataba de ser elegante y discreto por primera vez cambia su mente por completo, convirtiéndose en un monstruo, un ser más despreciable, un total incalable.

Ruperto en su Madurez

A los 35 años, Ruperto ya no es el mismo niño de pecas graciosas, cabellera abundante y cuerpo más o menos aceptable. Los desprecios de las mujeres lo han llevado a la deformidad de un cuerpo fofo, a una calvicie galopante y a unas líneas de expresión causadas por la amargura. Todos estos detalles se acentúan cada día, al igual que se acentúa el rechazo de las hembras. Ruperto es más agresivo todavía; la lengua se le ha vuelto viperina y los ojos perrunos. Tiene manos de pulpo y sus ventosas se adhieren a las pieles femeninas, costando gran trabajo desprenderse de ellas. Tiene la habilidad del búho para ver de noche y divisar a sus presas, y corre como un venado cuando las quiere agarrar. El hombre es un verdadero animal.

Ruperto en su Senilidad

El hombrecillo calvo, deforme y encorvado hace su entrada en el piano bar. Un rumor corre como reguero de pólvora que, al encenderse, produce un sonido que emula el temido nombre: “¡Ruperto!”

Ruperto ya ha entrado y busca una mesa. La joven mesonera Allison, que ya lo conoce bien, aparece vistiendo su nueva armadura.

- Señor Ruperto, su mesa es la número nueve.

Ruperto adopta su voz melosa y le contesta:

- Allison, Allison: ¿Que no te he dicho que no me gusta la número nueve?

- Lo sé, señor Ruperto, pero el gerente no me deja sentarlo en otra.

- Allison, quiero la cinco y tú sabes que quiero la cinco. Es la que está más cerca del piano, Allison, y sabes cómo me gusta la música.

- ¿La música o la pianista?

- Las dos, para serte sincero. Allison, ¿ya le hablaste?- Sí le hablé. Señor Ruperto, Lillian no quiere saber de usted.

- Pero tú le dijiste que soy millonario y todo eso...

- Lillian no se tragó el anzuelo.

- Allison, no me dejas alternativa. Voy a hablar con Lillian yo mismo.

- ¡No, señor Ruperto, hoy no, mañana me van a dar una entrevista para un aumento!

- Lo siento, ya es tarde.

Pellizcando infructuosamente el trasero de Allison, Ruperto se dirige hacia Lillian. La pianista es una joven de 20 años, preciosa como sólo ella lo puede ser, que toca el piano expertamente. Ruperto se le sienta al lado en la banqueta del piano.

- Lillian, querida: me estabas esperando, ¿no?

Lillian siente algo frío correr por su espalda. Son las manos de Ruperto, frías y asquerosas como las de un muerto.

- Ruperto.. que susto, digo, qué gusto!

- El vestido te luce como a nadie. ¡Qué lindo te queda, querida!

- Gracias. Me lo regaló mi novio.

- ¡Tu novio, seguro que es un galancito de pacotilla que anda por ahí escondiéndose de mí porque me teme! Déjame decirte, querida, que todavía estoy que me roncan los motores...

- Y la voz ...

- ¿Cómo?

- ¡Que cómo no..!

- Ajá. Este... ¿bailamos?

- Tengo que tocar.

- ¡Toque mija, pues! - y se le para enfrente.

-¡Candelario...!

- ¿Y se llama “Candelario”? ¡Perro a llorar! Nombre de santa pero con una “o.” Vamos, muchacha, que te voy a enseñar lo que es bueno.

- ¡Candelariooooo...!

Candelario aparece detrás de Ruperto. Mide dos metros y está muy bien dotado. Ruperto siente el aliento del atleta en su cuello y se voltea. Descubre al mastodonte que es el novio de Lillian y literalmente se chorrea.

Los ojos perrunos sonríen como los de un manso gatito y la lengua viperina se le enrolla y no puede hablar.

Tirado como un trapo en la acera del frente del piano bar, Ruperto se lamenta. Una dama se acerca caminando lentamente. Ruperto levanta la mirada y desde su humillante posición reconoce a Elda. Elda da un frenazo al reconocer al antiguo compañero de escuela. Compadecida del pobre viejo, le habla dulcemente y le ofrece la oportunidad de cortejarla otra vez, pero ahora sin vulgaridades, le aclara.

Ruperto emocionado se sienta derecho y comienza:

- Elda querida, Elda de mi vida, Elda mía...

Trata de levantarse, y al hacerlo, se clava un vidrio roto en la mano, por lo que exclama abiertamente:

- ¡Mielda!

De la Soledad de Ruperto

No hubo forma de convencer a Elda de lo del vidrio roto. Tampoco pudo convencer a Allison que no fue su culpa el haberse convertido en un impertinente de piano bar. Lillian se mudó a otra ciudad con Candelario y el gerente del piano bar le prohibió la entrada a Ruperto por lo que le quedaba de vida.

Ruperto se dedicó a vender manzanas acarameladas en la esquina de la calle del piano bar, y de vez en cuando Elda pasa y le compra una manzana. Ruperto ya no se atreve a hablarle, sin embargo la sigue con la mirada cuando ella se retira y le grita:

-¡Mi Elda!

Elda ya se acostumbró y no le importan un pepino los gritos del vendedor de manzanas.-

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Total Comments: 1
  • Nad on 17-Jan-07 3:28 PM permalink

    esta bien chido este. el personaje, aunque indeseable, es vagamente simpatico.


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