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20-Aug-06 3:00 PM  CST  

Manual del Ocioso - Cuento Corto 

Dado que en el mundo hay tiempo para todo, hasta para meterse entre las páginas del diccionario y buscar palabras que no todo el mundo conoce, este cuento rebuscado contribuye al engorde del ya famoso y ampliamente conocido “Manual del Ocioso”. Se recomienda tener a mano el mencionado libro gordo para una mejor comprensión de este cuento rebuscado que robará unos minutos a sus ratos de ocio.

En medio de la tripulina que ensordecía al peatón, Casimiro pensaba y pensaba, buscando la forma de shacar a su amigo Leobardo, el cual toda la vida se comportó como una vulgar ocozoal.

Dentro de su maganza, Casimiro siempre había observado con incordio los movimientos financieros de Leobardo, incordio que aumentaba con la envidia que le causaba la espectacular bonanza de la que Leobardo disfrutaba.

En sus pensamientos enfermos, Casimiro sentía como le daba una lipiria inexplicable al imaginarse él en los zapatos del astuto tramposo. Mientras que Leobardo flotaba en el lujo de sus bienes materiales, Casimiro se ahogaba en un menuco creado por su propia desidia.

“Musgaño”, pensaba en voz alta Casimiro,, “no eres más que un musgaño. Una rata de cañería tiene más dignidad que tú.”

Vagando por las calles cual orate, lanzando mojados y babosos ósculos a las damiselas de paso, y pensando que su mujer no era más que una cocinera gorda y grasosa, la idea del uxoricidio se infiltró en su mente, pero he ahí que llega Leobardo, vestido con ropa casual muy cara y unos lentes oscuros, de esos que son el último grito de la moda.

-¡Casimiro! Caramba, mi amigo, ¿qué haces con esa mirada perdida en el cielo, acaso buscando perseidas?

“Este hombre debe tener un encefalocele, no piensa con claridad, ¿no ve que estoy planeando mi venganza?”

-Pero chico, Casimiro, contesta, ¿me acompañas a tomarme un café?

Casimiro ve el café como algo gratis, y sin pensarlo dos veces se une a Leobardo y hacen entrada en un famoso y caro café de la ciudad. Al terminar el café, Casimiro observa con enfermísima envidia el caro birome con el que Leobardo firma el recibo de la tarjeta de crédito.

-Casimiro, te noto ausente.

Casimiro contesta babélicamente.

-No te entiendo, amigo. ¿Has estado bebiendo?

“Café. Imbécil, estuve bebiendo café, lo que pasa es que la cafeína me revuelve las tripas que ya estaban más que revueltas cuando me encontraste.”

-¿Tienes algún problema, mi estimado?

“El problema eres tú. Cáete muerto, desgraciado.”

-¿Sabes qué? He estado pensando seriamente en hacerte mi socio en una nuevo negocio que tengo en mente. No tienes que aportar capital, sólo necesito mano de obra. Sé que eres bueno en el tramo de la construcción. ¿Qué dices?

“Que te vayas bien largo a la fregada. Lo que me faltaba a mí, socio de este bocudo.”

-Está bien, no tienes que contestar todavía, pero quiero que sepas que seré generoso, sé que no estás pasando por una buena situación económica.

Estas palabras terminan por exasperar a Casimiro, quien arma una cachicha delante de todo el mundo. Leobardo se queda muy sorprendido.

-Mi intención no fue ofenderte, claro que no, amigo. Pero si la cosa es así, olvida lo que te ofrecí. Debe ser que estoy equivocado con tu situación y te he ofendido gravemente.

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Mele Florez-Avellan

Source: Mele Florez
http://www.meleflorez.com

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